SOBRE LA POLÍTICA

En éstas fechas preelectorales en las que estamos inmersos en mi nuevo país me provoca hablar de política. No voy a discutir programas ¿para qué? ¿me escucharían acaso a mí, ciudadana de a pie? Comienzan los actos de campaña de los distintos candidatos y nos resuenan anécdotas que se van produciendo en distintos estados, en ciudades remotas, que terminan generando titulares curiosos en los periódicos. Se hace un seguimiento informativo del presidente y de sus posibles oponentes, en lo que se convierte en una carrera eliminatoria. Mientras, allende los mares, en Francia parece haber un deseo de cambio en las directrices del país, a tenor del nuevo nombramiento presidencial elegido en el país galo. El resto de Europa, mayormente conservadora, no esboza ningún objetivo claro, como no sea para anunciar un nuevo recorte social, sanitario o educacional. Sin embargo, ya se detectan también movimientos populares de gentes que deciden salir a la calle, a protestar pacíficamente –en la mayoría de los casos- por las condiciones impuestas por aquéllos a quienes votaron en su día y que creen injustas. Son movimientos interesantes, especialmente desde el punto de vista de sus propuestas, que resultan más creativas si cabe, cuando se analiza la escasez de ideas nuevas imperantes en los gobiernos e instituciones comunitarias de la Europa occidental. El divorcio entre las masas populares y los dirigentes está comenzando desde la misma base de los países, en un ascenso lento pero prometedor. Es como una gran mancha que parece extenderse silenciosamente y que empezó entre unos jóvenes desilusionados y sin perspectivas de futuro, cuya formación suele ser bastante más amplia que la de sus progenitores. Habrá que ver hasta dónde llegan y si, con el tiempo, se convierten en los revulsivos sociales que pretenden protagonizar. No es la primera vez que la calle se transforma en el centro de una turba anhelante de respuestas cuando un gobierno ha vivido de espaldas a la realidad que dice regir.

Alemania está experimentando unos índices de emigración parecidos a los que acontecieron allá por el año 1945 -¡gracias a que tienen superávit en su presupuesto, aunque habría que saber a costa de qué!-. Francia se acaba de despertar socialista en medio de su crisis y tras un largo período conservador. Italia sigue sumida en la debacle económica en la que la dejó Il cavaliere Berlusconi. La pequeña Suiza continúa acumulando los fondos de los demás, aunque de vez en cuando, la salpique algún escándalo. España no parece encontrar su rumbo y sus dirigentes se ven con la plana enmendada una y otra vez desde las instituciones supraeuropeas. Portugal sufrió su rescate y se debate sin terminar de salir a flote. Y Grecia puede tornarse, en cualquier momento, en el elemento que transfigure el panorama y haga o deshaga para siempre lo que nadie pudo prever. El euro está en la picota mientras el dólar no acaba de rebrotar. Por aquí y por allá se oye algún repunte de mejora, pero nada definitivo. Y Latinoamérica calla, a no ser por el nuevo populismo argentino, las nacionalizaciones bolivianas y venezolanas –que ya no sorprenden a nadie-, el empuje comercial colombiano –lento y silencioso-, el excesivo proteccionismo estatal peruano o el neoliberalismo expansionista chileno. Todos a la sombra de ése gigante llamado Brasil, que se despereza despacio, pero que anda detrás de los grandes movimientos económicos, deseoso de asumir el liderato de la zona pero aún sin conseguirlo. Sus pares del otro lado del planeta, La India y China, otean el horizonte a la búsqueda de un imperialismo comercial que se cuela por las ranuras de la desestabilización económica de Occidente. La una al amparo de la banca y como antigua joya de la corona inglesa; la otra con el abarrotamiento de cualquier producto, en cualquier sitio, con la mano de obra barata enarbolada como seña de identidad. Mientras tanto, el Imperio del Sol Naciente deglute la superproducción de sus yenes a golpe de desastres nucleares. Inglaterra esconde su hambre de euros tras las cortinas de la sempiterna monarquía y el México más mexicano, el que vive en EEUU, ha celebrado ya su cinco de mayo, declarándose éste mes más independiente que nunca en su ya tradicional celebración norteamericana. ¿Qué le pasará al mundo, que no se entiende?¿dónde andará la política, que no halla su hueco correcto aunque los desastres los hagan en su nombre? Y qué curiosa coincidencia que a la libertad, de vez en cuando, le pase lo mismo….

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