A veces nos parece que las cosas pequeñas las podemos pasar por alto. Pero tarde o temprano, estas mismas menudencias se nos imponen con una fuerza avasalladora, como si más allá de ellas mismas, ocultasen un mensaje que desciframos de golpe, dejándonos atónitos.
Dado que prometí relatar mi experiencia en una cultura ajena a la mía, voy a contar una de esas pequeñeces que me ha sorprendido bastante. En la parte trasera de mi edificio hay un estacionamiento para los residentes. Pegado a la pared existen unas cajas metálicas en donde se controlan los cables de televisión. De vez en cuando, una camioneta con un conocido logo comercial, se para delante de la fachada del bloque rectangular en el que vivo y alguien se baja, revisa y mantiene esos contadores a gusto de los clientes. Lo hace tanto si hay frío como calor. Y los que me leen habitualmente, ya saben que disfruto de un lugar con temperaturas extremas. Cuando cae nieve es mucha y cuando hace calor es tórrido. Fue en una de esas nevadas descomunales cuando me di cuenta de que había un identificador de llaves color verde, caído a los pies de la caja de los cables. Estaba posado sobre seis pulgadas níveas y puras, enfrente de una batería de coches estacionados. Me acerqué y lo miré sin tocarlo, a sabiendas de que quien lo hubiese perdido, volvería por donde pasó para encontrarlo. Es costumbre en Estados Unidos que nadie toque lo que no es suyo, salvo que un cartel anuncie lo contrario. Al menos así me lo indicaron desde que llegué. Yo no iba a ser menos que los demás, y, la primera vez que lo vi era tarde, por tanto tampoco se me ocurrió depositarlo en el despacho del administrador porque él ya no estaba. “Su dueño lo encontrará”-pensé-. La nieve se derritió y volvió a nevar en varias ocasiones más, y el identificador verde continuaba mostrándose en distintas oportunidades, intacto, en el mismo sitio, impertérrito ante los elementos naturales que hemos padecido este año. Su tenacidad era asombrosa.
El viento no lo barrió, la basura no se lo llevó, nadie alteró su lugar. Como habrán adivinado, eso sucedió hace ya cinco meses y los calores ya son rutina diaria. Un día el identificador apareció en el alféizar de una ventana próxima, como si una mano amiga pretendiese hacerlo más visible. A cierta distancia, me percaté de que el objeto tenía algo escrito a mano en su interior blanco. Siempre hay momentos de exposición pública con resultados impredecibles. Al día siguiente, la diminuta entidad estaba en el suelo, tras haber sido revisada y desechada –presumiblemente- por alguien con capacidad de razonamiento. Comencé a percatarme de que un día se encontraba sobre el asfalto y al siguiente sobre el alféizar. Y me di cuenta de que se había iniciado una lucha encarnizada por algo que, en realidad, nadie se había atrevido a llevarse, a poseerlo definitivamente o a descartarlo para la eternidad.
En este veraniego julio repleto de eclipses, independencias –con un cuatro largo y delicioso-, calor, acusaciones de corrupción, toma de posesiones en cargos políticos, celebraciones nacionales esperadas –léase fraternidad, igualdad y libertad en Francia a mediados del susodicho-, rescates financieros voraces, rebeldías ciudadanas y universitarias, plenitud de cosechas y mil cosas más, da la impresión de que la fiesta adormece nuestros sentidos.
Parece que la canícula pasa como una ola sobre todos nosotros, llevando espuma de ensoñación en la cresta y perfilando apenas realidades que se intuyen en el rompiente. Lo extraordinario sucede entonces, cuando, de verdad, la esencia de lo acostumbrado permanece inalterable a pesar de que la noticia debería despertar en nosotros reacciones insospechadas. El vaivén de la existencia nos llama a ser un simple identificador rodeados, eso sí, del verde esperanza que nos alienta y proyecta hacia el mañana por desilusionados que estemos o indiferentes que seamos.
Pues bien, harta ya de guerritas soterradas de lugar y de la indiferencia colectiva decidí, tras largo tiempo, indignarme lo suficiente como para recoger el identificador. Al acercarlo pude leer lo que tenía escrito el ínfimo fragmento de papel de su interior. Rezaba así: “soy difícil, pero no imposible”.
Autor: Beatriz Grissela Perez Molina
Grafica: Karla Casab







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