Sobre lo de ayer y lo de hoy

Este mes hemos comenzado más tarde. Y la verdad es que nos gustaría dar marcha atrás y retomar las ilusiones olímpicas con las que agosto empezó. No sé qué tiene este mes, que se siente siempre como un giro que deja atrás al verano. En julio, nos encontramos con el corazón del estío, pero en el octavo mes del año, parece que nos acercamos ya al frío con ese sabor que nos ofrecen unos atardeceres más frescos, y unas temperaturas que, de tan disparatadas, nos confunden de estación tanto a nosotros como a algunos árboles, que comienzan a mostrar el famoso colorido del medio oeste norteamericano. En menos de dos semanas se ha dilucidado lo que muchos llevan años practicando. En apenas unos minutos de esfuerzo máximo, se concreta una victoria o se proyecta lo mismo para la próxima cita dentro de cuatro años. Si el día no es el afortunado, lo que se ha venido trabajando hasta el momento, no se desmorona, sino que se acumula. Son datos para la reflexión, porque los deportistas saben como nadie, que la capacidad de sufrimiento es directamente proporcional a la habilidad de ganar. Es decir, que quien mejor sabe sufrir es quien mejor está preparado para la victoria. Si escarbamos un poco, encontramos que la minimización de una derrota puntual, unida a la perspectiva de conjunto hasta la consecución del objetivo es la mejor receta para el éxito. Que, por cierto, nunca está asegurado. Por tanto, los árboles deben permitir ver el bosque y el esfuerzo debe ser continuo, con un plan a largo plazo que empequeñezca los obstáculos del camino.

Dicho así, parece que sólo queda trazar las líneas generales de lo que vamos a hacer y atenerse a ellas, sin importar los pequeños fracasos con que nos vamos sorprendiendo. Parece que lo importante es la palabra “perseverar”. El refranero español está lleno de dichos tales como “el que la sigue, la consigue”, por poner un ejemplo. Casi puedo oír los aplausos de Alemania y de España, del Fondo Monetario Internacional, del Banco Central Europeo, y de aquéllas instituciones menores, que creen hacer un esfuerzo constante por salvaguardar el resultado final que, como siempre, no está garantizado, pero que se presume obediente a los principios establecidos.

Es una lástima que nunca aprendamos en “espaldas ajenas”. Quiero decir que como emigrante que arrastra el peso de un continente con una historia larga y fecunda, también sé que el seguimiento de un poder ejecutivo a unas directrices extranjeras suele desembocar en la subordinación y en la esclavitud, si no se enmienda a tiempo. A la postre, rectificar es de sabios. Aunque hoy no se necesite invadir militarmente un país para hacerse con el control del mismo, lo cierto es que en situaciones semejantes, el descontento general suele estallar de alguna manera, tarde o temprano. La historia nos lo ha enseñado constantemente, sin embargo, seguimos permitiendo que los políticos de turno sirvan a sus intereses más convenientes, sacrificando para ello al resto del país. Mal asunto ese, que se convierte en una bomba de relojería a largo plazo o a corto, según el aguante de la población. Como decíamos anteriormente, sólo quien sabe sufrir es capaz de alcanzar el poder absoluto. Y sería preferible que éste lo detentara quienes más saben, no quienes se van a ver obligados a ello tras un océano de dificultades. El pueblo es capaz de cualquier cosa. Las distintas revueltas y revoluciones por las que Europa ha atravesado, así lo demuestran. Pero sigue habiendo quien cree que llenarse los bolsillos propios y los de los amigos, justifica el embargo económico de un país al completo. No hay señal más clara de la falta de aptitud para dirigir las masas que ésa.

Mientras, se acerca la festividad de la Ascensión de María en mi tierra de origen. El universo nos obliga a mirar hacia lo alto con su lluvia misericordiosa de Perseidas, porque año tras año, San Lorenzo sigue llorando estrellas en el firmamento. Y en el continente americano los cielos ya miran al próximo otoño, confundiendo ardillas y árboles cuando llueven. Como dijo Hitler, Fidel Castro y algún otro que se me escapa: “la historia me absolverá”.

Escritora: Beatriz Grissela Perez Molina

Image: FreeDigitalPhotos.net

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